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19-11-2019 NOTICIAS

Un arquitecto con ojos de antropólogo

Un arquitecto con ojos de antropólogo

Presentamos un resumen en dos partes, de la reflexión de un antropólogo que observa a la Ciudad de México y a su Centro Histórico, con un dejo de nostalgia.

El Centro Histórico de la Ciudad de México es un sitio en cambio; se hace viejo y se renueva; pero a la vez, permanece igual: lleno, pletórico, rico, pobre, nostálgico, melancólico, decaído, caótico, novedoso. Lo recuerdo en los años cincuenta cuan.do era el sitio donde me traían mis papás por los portales del Zócalo o las calles de San Juan de Letrán, hoy Eje Central Lázaro Cárdenas.

A principios de los años sesenta, acompañaba a mi papá a la calle de Gante; en República de Argentina entrábamos al Museo de Cera. Al salir, pasábamos por una esquina que permitía apreciar las escalinatas del Templo Mayor, y a mí me pare.cía una realidad velada, transmitida de forma oral, de la existencia de la Gran Tenochtitlán, que quedaba de.mostrada con sólo unos metros de vestigios arqueológicos. Acompaña.ba también a un tío a la Secretaría de Educación Pública, en el antiguo convento de La Encarnación, a ver al lic. Torres Bodet. Luego íbamos al Mercado Abelardo L. Rodríguez y me contaba lo que a mí me parecían historias fantásticas que ilustraban acontecimientos y logros de la Re.volución y de las luchas agrarias en las que él había participado.

Me tocaba esperar en los patios de la SEP y de Palacio Nacional mientras mi papá o mi tío tenían entrevistas o hacían trámites; las escenas de las pinturas murales que podía ver en estos sitios hacían memorables las ocasiones. Siempre venían las preguntas, y de éstas, las pláticas y explicaciones sobre los personajes que habían gestado e impulsado esos acontecimientos y obras: Vasconcelos, el Dr. Atl —que había sido amigo de mi tío—, las luchas agrarias en Nayarit, los comienzos de la industrialización, el avance de la educación, las anécdotas de Orozco, Siqueiros, Diego Rivera, de los opositores al comunismo. Era el primer contacto con un ambiente construido, que representaba un mundo material con un pasado que yo sentía que acababa de suceder; en el Centro podía sentirse el testimonio del cambio que todo esto representaba.

A finales de los años sesenta el Centro era un sitio con gente; pero más, con autos, tranvías y camiones: un bullicio. Las banquetas eran estre.chas y había anuncios luminosos por todos lados. Estaba lleno de edificios, antiguos y modernos. Me llamaba la atención que la arquitectura moder.na tuviera un gran protagonismo, y que hubieran muchas obras en pro.ceso de construcción, con camiones materialistas entorpeciendo aún más la circulación en las calles.

A partir de 1964 el Centro de la Ciudad se vio abierto con grúas, malacates y ademes gigantescos para hacer las excavaciones nece.sarias para construir el Metro. Se asumieron los ejes cardinales de la ciudad mexica y sobre éstos se tendieron los rieles del nuevo siste.ma de transporte que luego fueron tapados y convertidos en túneles. En compañía de mi abuelo, hice el recorrido de las dos primeras líneas recién inauguradas.

Presencié cómo se hacían tra.bajos en las plazas que formaban el tejido de las calles del Centro: frente a la iglesia de Loreto y en la Concepción Cuepopan; lo mismo en Santa Catarina, Santa Veracruz y San Juan de Dios, San Fernando, etcétera. Recuerdo con más detalle las obras que se hacían en la plaza y portales de los evangelistas. Junto a la iglesia de Santo Domingo fue alzada, con proyecto del arquitecto Luis Ortiz Macedo, la arcada que hoy cierra la calle de Leandro Valle. Me parecían intervenciones que más que modificar el panorama que antes habíamos contemplando tranquilamente como la imagen de nuestra ciudad, revelaban ante nuestros ojos las cualidades de la “verdadera” ciudad virreinal.

Imaginaba que quienes lleva.ban a cabo esos trabajos actua.ban siguiendo los planteamientos teóricos más avanzados y que lo hacían apoyados en información histórica y documental. Las ideas de reconstrucción que fueron puestas en juego estaban fundamentadas en litografías antiguas, como el caso del convento dominico, o bien en piezas auténticas redescubiertas, como una de las fuentes que estuvieron en la calzada de Bucareli y que fue colocada en Loreto en 1964. Se trabajó mucho en la recuperación tanto de los niveles originales de los pisos que “se habían perdido” en las plazas por los constantes relle.nos y repavimentaciones, como del aspecto de edificios redescubiertos. Como la portada del Oratorio de San Felipe Neri, actual biblioteca Lerdo de Tejada, escondida en el Teatro Arbeu, que el arquitecto Car.los Chanfón completó inspirándose en la capilla del Señor de Valvanera de la iglesia de San Francisco, en la calle de Madero.

Cuando iniciaba mi carrera profesional. En 1971, la Escuela de Arquitectura de la UNAM volvía la mirada hacia el Centro de la ciu.dad, que había sido abandonado a su suerte porque gran parte de la actividad financiera y comercial de calidad había salido hacia la periferia, impactando de forma ne.gativa la calidad de vida. Por un lado pintores, artistas, escritores y vecinos, unidos con el grupo Tepito Arte Acá, nos invitaban de forma arrolladora “al rescate” de los legendarios barrios del Centro: Tepito y La Lagunilla. Los estudiantes veníamos a recorrer calles y vecindades para descubrir una orga.nización social, espacial y territorial de gran vigor y calidad.

Por el otro, se inició el primer gran rescate y restauración de un im.portante inmueble que estaba hun.dido y condiciones irreconocibles: la antigua Escuela de Minería. El Centro fue entonces un sitio donde se planteaba que era posible trans.formar las cosas, impulsándolas con ideales, metas, formas y esquemas de trabajo. Se hicieron proyectos y propuestas que nos parecía que iban a cambiar —para mejor— la ca.lidad de vida de los habitantes de la Ciudad. En el plano oficial, fue pro.mulgada la Ley Federal Sobre Zonas y Monumentos Arqueológicos, Ar.tísticos e Históricos, y vimos cómo se arreglaba la imagen del Primer Cuadro mediante acciones como retirar los anuncios espectaculares e implementar andadores peatonales en las calles de Gante y Motolinía; esto, siguiendo el ejemplo marcado por la Zona Rosa, donde residía la vanguardia del momento.

El descubrimiento de la Coyolxahuqui, en 1978, y la ejecución de las enérgicas acciones que transformaron el tejido urbano del área circundante al Zócalo generaron una dinámica acción demoledora que destruyó varias manzanas para encontrar debajo de sus vestigios otro centro que estaba también allí, en el propio Centro. Me trasladé con mi mujer a vivir al Centro en un departamento situado en el Callejón del Cincuenta y Siete esquina con Donceles. Vivir en el Centro a principios de los años ochenta era un tema. La contaminación del aire era avasallante, las banquetas eran pequeñas y angostas, y en busca de, supuestamente, beneficiar al peatón, se habían plantado ficus y laureles en esos estrechos espacios, lo que los redujo aún más. Era imposible comprar leche, naranjas, jitomates o lechugas sin tener que cruzar el Eje Central para ir hasta el Mercado de San Juan o al Mercado 2 de Abril.

Se había impostado delante de nuestra mirada el testimonio del pasa.do mexica a unos metros del Zócalo, abriendo un gran hueco en la retícula geométrica que desarticulaba lo que Leonardo Benévolo consi.deraba el rigor del urbanismo renacentista en América Latina. En busca del equilibrio entre el peso del rescate del pasado mexica del Templo Mayor, y el resto del Centro Histórico, se atendió la fisonomía del pasado virreinal. La intención era ambiciosa, pues se sustentaba en crear un nuevo eje urbano que vinculara el Palacio Nacional —por la calle de La Corregidora hacia San Lázaro, donde se construyó el edificio del Congreso—, formado por las Cámaras de Diputados y de Senadores. Era una acción cargada de simbolismo nacionalista que planteaba vincular el Centro con la zona oriente, donde antes habían estado el mercado de La Merced, el leprosario de San Lázaro y la prisión de Lecumberri, que estaba siendo adaptada como Archivo General de la Nación, en clara contra.posición a la zona poniente, señalada por el Castillo de Chapultepec y las colonias de Polanco y Las Lomas.

La actividad comercial de La Merced sería enviada un par de años después hacia la Central de Abasto de Iztapalapa, sin prever una alternativa que pudiera apro.vechar las plazas y los edificios usados como bodegas en esos mo.mentos. Se buscó llevar a cabo una intensa intervención para remarcar lo valioso que era el patrimonio nacional, integrado por las iglesias, los establecimientos religiosos y los edificios institucionales. Si para implantar el sitio del Templo Mayor se había roto la continuidad de las calles, también se intervinieron tres sitios relevantes desligando esas calles del resto del tejido urbano. Se hicieron calles peatonales en las que se rescataron niveles antiguos de desplante de los edificios, por debajo del resto de las calles donde pasaban los autos y camiones. El Centro de esa época me parecía un gran conjunto de edificios antiguos y modernos, vinculados por medio de una serie de plazas, la mayor parte de ellas relacionadas con edificios religiosos o institucionales.

Tenía una zona moderna y elegante —el poniente— en la que había tremendos contrastes. Estaban los altos edificios: Nacional Financiera en Isabel La Católica 51-55, entre Uruguay y Venustiano Carranza, de Marcos Noriega; Banco de México en Cinco de Mayo 16, de José Villagrán y Enrique de la Mora; Bancomer en Bolívar y Venustiano Carranza, de Héctor Mestre y Miguel de la Colina; Banamex en Venustiano Carranza 62 esquina con Palma 45, de José Villagrán. Los edificios dedicados a la industria textil situados sobre las avenidas Izazaga y Pino Suárez, y los rascacielos del Eje Central: la Torre Latinoamericana, La Mariscala, el edificio Abed, etc., con calles y ban.quetas ordenadas e iluminadas con modernos postes de luz mercurial.

Por otro lado, y una zona anti.gua y rústica —la oriente— donde las cúpulas y torres de las iglesias conservaban la escala de la ciudad virreinal, con sus buenas calles y banquetas, que durante la noche, se iluminaban de forma indirecta para que pareciera una noche de luna llena perenne. Ése era el Cen.tro en el año 1980, cuando entró en vigor el decreto presidencial de la Zona de Monumentos Históricos del Centro Histórico de la Ciudad de Mé.xico. Habían muchas cantinas donde se tomaba y comía muy bien. Dos ejemplos: El Nivel y La Ciudad de los Espejos; en Moneda y Seminario la primera, y en Pino Suárez la segunda, donde se podía comer postas de robalo al ajillo, inigualables.

El siguiente evento impactante fue el sismo del 19 de septiembre de 1985. Vimos derrumbarse mu.cho de lo último que se había aña.dido al Centro Histórico porque, en realidad, lo que cayó o tuvo que ser demolido, fueron los edificios mo.dernos. Años después de ese even.to, creo que la silueta urbana del Centro en general ganó en calidad, pues quedó sometida a la altura de las edificaciones antiguas. Ejemplos representativos son el antiguo edi.ficio de Nacional Financiera, ahora ocupado por el Instituto Telmex; tenía doce pisos y destacaba por su altura y la hermosa fuente del escultor Herbert Hofmann. Ahora, con sólo cinco pisos, se integra con gran afinidad estética a pesar de su tratamiento moderno. El edificio del Banco Nacional de México que tenía doce pisos, seis dispuestos en escalera hacia el fondo del predio para no ser fácilmente vistos desde la calle, había sido proyectado por Villagrán con el rigor racionalista de los planteamientos de integración de la arquitectura moderna. Luego del sismo debió ser demolido; fue sustituido por una obra proyectada por Teodoro González de León en la que logró, reinterpretando la fisonomía de la casona virreinal co.lindante, un resultado mucho más afortunado. El moderno edificio funcionalista del Banco de México, construido en los años cincuenta por Enrique de la Mora y José Villagrán con 12 pisos de altura, hubo de ser sustituido por otro de seis niveles que fue proyectado con gran sensibilidad plástica por José Luis Benlliure.

Pero lo realmente impactante, consecuencia de los sismos, fue darnos cuenta de que en el Centro se vivía en condiciones deplora.bles, con servicios completamente deficientes, en hacinamiento, con una calidad de vida ínfima. Esa fue la realidad que el sismo puso de.lante de nuestros ojos. Trabajé en los programas de Reconstrucción, Renovación Habitacional Popular y Fase II, haciendo proyectos para rescatar edificios históricos y tam.bién para levantar nuevas viviendas en predios donde se iba a demoler lo que antes había. La labor realiza.da fue titánica, la acción combinada de muchos y su extraordinaria coor.dinación logró alcanzar metas que se antojaban inalcanzables. Tan fue así, que hubieron reconocimientos internacionales: Brighton, Inglaterra y Sofía, Bulgaria.

Sin embargo, el golpe a la estructura social de la Ciudad y a buena parte de su infraestructura, tardaría al menos veinte años en ser revertido.

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