Un arquitecto con ojos de antropólogo

Published on Friday, 29 November 2013 10:50
Written by Antonio Calera-Grobet
Un arquitecto con ojos de antropólogo
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Continuamos con la segunda parte de la reflexión de un profesional que observa a la Ciudad de México y a su Centro Histórico, con gran pasión.



En 1987, en reconoci.miento por haber sorteado el trágico evento de los sismos de 1985, el Centro Histórico de la Ciudad de México y la zona lacustre de Xochimilco fueron inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial Cultural y Natural de la UNESCO por ser ambos sitios del testimonio universal de la adecuación de un medio ambiente lacustre para el aprovechamiento social. Sin duda, la invención de las chinampas generó terreno agrícola de calidad en la superficie del lago, que se fue transformando en suelo urbano, hasta llegar al resultado de la metrópoli de finales del siglo XX.

Los efectos más dilatados de los sismos de 1985 me ofrecieron otra forma de relación con el Centro His.tórico. En 1989 entré como Jefe de Obras de Restauración de la Sub.dirección de Sitios Patrimoniales y Monumentos del Departamento del Distrito Federal. El área tenía la responsabilidad de reintegrar a la actividad cultural edificios públicos de valor histórico que estuvieran deteriorados. Desde ahí fueron realizadas las obras de Casa Tala-vera y del Colegio de Cristo —por la que nos fue otorgada en 1990 la Medalla de Plata en la Primera Bienal de Arquitectura Mexicana—.

Se nos encomendaron obras como la Biblioteca (antigua iglesia de Santa Clara) del Congreso de la Unión en la calle Tacuba, la casona Regina 143, así como colocar y res.taurar la fuente de fray Bartolomé de Las Casas en el costado oriente de la Catedral Metropolitana, que habíamos hallado en una bodega. Durante esa etapa, realizamos obras como el Museo José Luis Cuevas, el Coro de la iglesia de Santo Domingo y el antiguo claus.tro dominico de Leandro Valle 20, pero también pequeñas obras cuyo impacto fue muy grande, aunque se trató de trabajos más modestos: la casa para niños de la calle de Ecuador 8 y 10, y el Museo de Box y Lucha, hoy sede de la Casa Xochiquetzal, en la Plaza Torres Quintero.

Aunque se trabajó con intensidad para hacer frente al despoblamiento del Centro y a los efectos de la crisis económica, los resultados alentadores de los últimos años El Museo José Luis Cuevas, ejemplo de restauración de calidad. Foto: www.embajadaargentina.mx. ochenta pronto se desvanecieron como efecto de la crisis económica y de los procesos que desembocaron en los años noventa a que el Jefe de Gobierno de nuestra ciudad fuera electo democráticamente. El Centro, especialmente el Zócalo, comenzó a asumir cada vez más un carácter público y político porque era destino de lo mismo de conciertos gratuitos con asistencia masiva que de mítines y manifestaciones.

Imposible dejar de mencionar al Bar León, situado en República de Brasil, donde Pepe Arévalo y sus Mulatos tocaban la mejor música tropical. Sin embargo, cerró sus puertas pues cada vez era más difícil llegar al Zócalo. Los fines de semana, el Centro dejaba de tener actividad; desde el sábado a mediodía las tien.das cerraban; los domingos abrían sólo algunos restaurantes, para de.sayunar, y otros cerraban después de la comida. Poco a poco, el Centro se convirtió en un sitio marginal; el comercio callejero se fue adueñan.do de las calles y plazas, ofreciendo baratijas y mercancía de novedad. Se fueron ubicando en las banquetas, y luego en el arroyo vehicular; muchas calles fueron prácticamente cerradas a la circulación.

En la Universidad del Claustro de Sor Juana tuve ocasión de acercar.me a otra forma de ver mi campo profesional. Descubrí con los jóve.nes estudiantes, otra mirada, llena de matices e interpretaciones, sobre la arquitectura y el Centro Histórico, donde estudiábamos y paseábamos para analizar y tratar de descubrir los mecanismos y cualidades de la percepción espacial. Fue realmente estimulante vincular la literatura, la poesía y la música con los edificios que teníamos alrededor, como las vecindades de Cinco de Febrero y de Isabel La Católica, rescatadas después de los sismos de 1985, el Hospital de Jesús con el alfarje de su salón principal y las referencias a Hernán Cortés, etcétera.

Al poco tiempo, comencé a organizar cursos de apreciación del Centro Histórico, en los que para mi sorpresa, se inscribían decenas de interesados. Era una aventura sostener clases por las tarde dos veces por semana, en las que planteaba con apoyo de diapositivas conceptos e ideas que serían útiles para recorrer las calles los sábados por la mañana. Hacer palpable el tratamiento tan especial de las esquinas de los edificios, con los acentos peculiares de la arquitec.tura de esta ciudad, tratadas con hornacinas, pináculos, torreones, remates, ochavos y entrecalles, que otorgan una calidad estética fuera de lo común. Replantear las historias y leyendas de las casonas y edificios, brindando las versiones tradicionales y buscando en éstas los arquetipos míticos que les die.ron origen. Descubrir los patios, balcones y estancias que encierran las cualidades de la ciudad que des.de el virreinato generó esa doble calidad de severidad y generosidad característica. Hallar en los muros y materiales constructivos de las fachadas de las casonas y templos, los vestigios de los aplanados y los colores de los recubrimientos que antaño decoraban las austeras fa.chadas de piedra. Divisar las torres y cúpulas de las iglesias y conven.tos, distinguiendo sus cualidades formales para identificar sus épo.cas constructivas y así recordar los pasajes históricos a que estuvieron ligados. Reconocer en las viejas casonas los entresuelos como es.pacios hacia el interior, que hacia el exterior parecían no existir; la cali.dad espacial de los patios interiores con columnas, arquitrabes o arcos, percibir la solidez e intimidad de las construcciones antiguas.

Lo mismo ocurría con hacer notar las ausencias e intrusiones: las vici.situdes que provocaron las demoli.ciones y aperturas de calles a que estuvieron asociados las Leyes Lerdo aplicadas para abrir la actual calle de Gante, la transformación del antiguo Colegio de San Ramón Nonato en departamentos, y la de los hornos de fundición de la antigua Casa de Moneda en “Capilla de la Empera.triz”, en Palacio Nacional, hasta el supuesto atentado de la Liga 23 de Septiembre que provocó el incendio del edificio de los Almacenes Astor, y su demolición para hacer la Plaza de la Banca Nacionalizada en Isabel La Católica y Venustiano Carranza.

Con el nuevo milenio, el Centro comenzó a cubrirse de ruido y tra.jín, de mantas, lonas y sombrillas que amarradas tapaban del sol y de la lluvia e impedían ver, escuchar y percibir otra cosa que los gritos de los vendedores y su oferta de chatarra mundial. Ésta entraba al país gracias a los primeros acuer.dos comerciales con los países del Pacífico, y era vertida en cantida.des abrumadoras para cubrir los requerimientos urgentes de una población empobrecida por la crisis económica, pero ávida de bienes de consumo. El Centro era el sitio ideal para que la megalópolis, con un sistema de abasto desarticulado en las zonas más pobladas, tuviera fácil acceso, por medio del Sistema Colectivo Metro, a mercancía bara.ta; de corta vida útil, pero barata.

En unos cuantos años, la ocu.pación de calles y plazas fue en.tendida como una continuidad existencial históricamente docu.mentada: el tianguis descrito por Bernal Díaz del Castillo e ilustrado por Diego Rivera en los muros del Palacio Nacional, la Plaza Mayor pintada en 1695 por Cristóbal de Villalpando, tres años después del motín que destruyó el Parián y el Palacio Nacional, las descripciones del virrey Revillagigedo de la mi.tad del siglo XVIII, a las primeras fotografías de la vida cotidiana de nuestra ciudad de fines del siglo XIX. Un destino irremediable que estaba presente y era imposible no digamos transformar, sino siquiera ahuyentar. La calle se transformó en espacio no para circular, sino para vender y comprar, y para mostrar mercancía, vender, comer, dormir, hacer el amor, las necesidades fisiológicas, educar a los hijos. Los edificios, en cambio, dejaron de servir para habitar, sólo fueron útiles para almacenar mercancía, para ser utilizados, sin puertas, muebles ni accesorios de baño o cocina, como bodegas. Era imposible utilizar las calles para transitar por ellas; hubo un incendio en el segundo piso de una casona en las calles de Repúbli.ca de Argentina y Justo Sierra. Fue antes del mediodía y los niños se ha.bían quedado solos arriba; se inició el fuego, y los bomberos pudieron llegar a apagarlo hasta que se hubo levantado la actividad comercial, después de las nueve de la noche.

La reconstrucción de un edificio marcó el cambio hacia una nueva posibilidad que se pensaba imposi.ble, la restauración de un inmueble a punto del colapso para convertirlo en un foco de actividad cultural: el Centro Cultural de España. La voluntad de su primera directora logró que en menos de un año de labores fuera posible que los Reyes de España inauguraran un nuevo espacio para la vida cultural en noviembre de 2002, apostando a darle un nuevo significado al Centro Histórico, aunque muchos pensaron durante años que rehabilitar esa casona era una causa perdida.

Al mismo tiempo, más y más fachadas de edificios, antiguos o modernos, así como sus ornamentos, servían para clavar alcayatas y ama.rrar lonas o mantas que cubrieran y protegieran del sol y de la lluvia. En 2005, la reproducción del David de Donatello regalada por Italia a nues.tro país en 1910, que estaba en un nicho en la Academia de San Carlos, cayó al suelo por el peso del granizo acumulado en una lona que comer.ciantes ambulantes habían atado a su cuello. Tuvo que transcurrir más de un lustro, y mucho más que tiempo, para que las cosas cambiaran y esa escultura volviera a su lugar.

Pero llegó el día, 12 de octubre de 2007, que ocurrió lo que parecía imposible: las calles y plazas del Centro volvieron a ser espacios para caminar y estar. Tuvieron que arreglarse muchas cosas, pero fue posible porque las calles fue.ron dejadas por los vendedores. Entonces pudieron arreglarse los drenajes y tuberías de agua que no habían sido atendidas desde los desperfectos provocados por los sismos de 1985 en el subsuelo de la Ciudad, ni de los veinte años si.guientes. Se dio el primer gran paso para recuperar la calidad de vida en el Centro Histórico y hacer posible que la gente pensara en regresar a pasear, a vivir. Aunque, con la salida de los comerciantes de las calles, se encontró un sitio con edificios abandonados y en condiciones prácticamente irrecuperables. Pa.recía una situación sin solución; sin embargo, como el dinosaurio del sueño de Augusto Monterroso, al despertar, lo grandioso del Centro Histórico aún estaba ahí, maltrata.do, pero se conservaba.

Desde 2006 se había planteado un nuevo esquema para conducir el gobierno y la administración del Centro: la Autoridad del Centro Histórico. Coordinando las acciones de las diferentes instancias con competencia en este sitio buscó, entre otras cosas, transformar el sitio en uno más organizado, más humano, más favorable para las personas que para el paso de au.tos: las calles y banquetas que se hacían luego de arreglar la infraes.tructura fueron más anchas para los peatones —con árboles que dieran sombra, y de vez en cuan.do, flores— y más estrechas para los vehículos. Se hizo la magia de transformar una calle ocupada por malvivientes y autos estacionados, que se percibía como alejada y sin destino propio, en un espacio para disfrutar, hermoso, con el aspecto envidiable de seguridad que sólo ofrecen las cosas de uso cotidiano. La calle Regina se convirtió en una nueva forma de vivir en el Centro, aunque hay que recordar que el proceso de trabajo, que incluyó desde la sustitución de infraestructura de agua, luz y drenaje, hasta el diseño de pavimentos, banquetas y jardinería, y el arreglo de fachadas aprovechando el valor cromático de una vasta paleta, requirió de más del doble del tiempo programado. El resultado valió la pena.

Fui invitado a colaborar en el Fideicomiso Centro Histórico de la Ciudad de México como Director de Desarrollo Inmobiliario en 2008, para apoyar el proceso de cambio y transformación planteado de tiem.po atrás: mejorar su funcionamiento y apreciación. Se logró implementar el retiro de anuncios y marquesinas que ocultaban edificios enteros o detalles interesantes detrás de lá.minas pintadas o letreros de nego.cios que, en muchos casos, habían desaparecidos hacía cuarenta años y nadie quitaba de ahí.

Muchas cosas coincidieron: una estrategia para incrementar la seguridad en el Centro, y más importante, hacer que los espacios del Centro fueran percibidos como sitios seguros. La decisión de reali.zar un cambio en la calidad de los servicios de suministro eléctrico, iluminación pública, agua, drenaje, telefonía, etcétera. En la movilidad, con banquetas que no tuvieran pel.daños en las esquinas para permitir un paso seguro en los cruceros, semáforos sonoros y señalización táctil en banquetas, señalando recorridos para invidentes, rampas que facilitaran el acceso hasta el interior de las plazas y jardines. El uso de la bicicleta también generó una forma diferente de ver y re.correr el Centro: por un lado, los paseos dominicales que han sido conducidos hasta plazas y jardines que hasta hace unos años eran prácticamente desconocidos; por el otro, las estaciones de Ecobici, que permiten organizar recorridos rápidos y seguros, en combinación con otros modos de transporte público. La línea 4 del Metrobús logró la reorganización de áreas antes inalcanzables más que a pie, y la conexión del Centro con otras redes de transporte.

La red de plazas y jardines del Centro Histórico, estructura ur.bana que ha sido vinculada en lo conceptual con los tratadistas del Renacimiento y con el urbanismo mesoamericano, fue devuelta a la vida ciudadana efectiva, con lo que se contribuyó de forma definitiva a lograr una percepción de lugar organizado y de calidad.

Lo que creo que se ha logrado: que sea posible apreciar al Centro por su valor de conjunto, más que por sus detalles particulares. Bas.ta contemplar la perspectiva de cualquier calle, como República de Brasil, o Venezuela, Belisario Domínguez, Isabel La Católica o Cinco de Febrero, Madero o 16 de Septiembre, Regina, Mesones, o cualquier otra, para convencernos de ese valor que ofrece la suma de un todo que cuenta, además, con lo grandioso de muchos inmuebles extraordinarios.

Que sea un sitio festivo, donde se siente que es posible adquirir lo que en otros sitios es impen.sable; donde se ofrecen servicios y mercancías atractivos; donde se percibe el respeto para los peato.nes y personas de capacidades di.ferentes; donde es posible pasear, caminar y encontrar a cada paso lugares, personas, cosas y detalles que llaman nuestra atención. Que haya sido posible el funcionamiento de establecimientos donde reunirse a convivir, pequeños y medianos locales para compartir el pan y la sal, el vino y la charla.

Algo tan sencillo y simple, pero difícil de lograr; que sea el sitio donde ocurre la innovación: pla.zas con jardines y fuentes, taxis eléctricos no contaminantes; calles peatonales; fachadas iluminadas con luz eficiente de bajo consumo; redes eléctrica y telefónica sin ca.bles aéreos, servicio de Metrobús con discretas estaciones; wi-fi libre en calles y plazas, que haya un sitio hermoso y memorable para hacer los trámites de registro civil.

Lo que hoy debe solucionarse para el Centro Histórico: el ruido ¡hay demasiado ruido!; los silbatos de los agentes de tránsito; los gritos de vendedores amplificados por magnavoces y la música que mu.chos establecimientos hacen sonar a niveles intolerables. El manejo de la basura en la vía pública, la per.misividad para hacer la pepena y el inevitable derrames de lixiviados. El utilizar las calle como estacio.namiento de autos, autobuses y camiones.

Ensayamos nuevas formas de relacionarnos, de utilizar el espacio, de organizar nuestras actividades. Volvemos a transformar el Centro que teníamos para darle un nuevo significado que nos hace acercarnos a nosotros mismos, con nuestros desencuentros y contradicciones, con nuestros anhelos y desigual.dad, pero con el ánimo de encon.trar una nueva posibilidad, mejor y a nuestro alcance. Es algo simple y sencillo, pero hacerlo no es fácil, es más bien difícil. Pero lo difícil resulta más entretenido, y lograrlo, un reto de mayor satisfacción. Podemos decir que se está logrando.

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